Me hallaba sentada en una colina bajo la luz de la luna. La estaba observando y a la vez pensaba en porqué motivo me encontraba allí.
Había discutido con mi novio, con mi mejor amiga y por último, con mi madre. Había cogido el coche y me había largado con la condición de pensar en todo. No sé porqué paré en un rincón y salí del coche, pero una sensación me obligaba a subir por esa colina y sentarme.
La Luna estaba llena, resplandeciente y demasiado blanca, para ser una luna. Era bonita.
Escuché unos ruidos. Parecían pasos. Podría ser de un animal -pensé- O tal vez es el viento, salvaje y frío. Escuché más ruidos, estos eran más fuertes y pesados. Me levanté y miré hacia los arbustos. Estos se movían agitados. Sentí el miedo. ¿Qué podría hacer? ¿Correr sin destino alguno o quedarme ahí parada, arriesgando lo que pudiese pasar?
Entonces, pensé en mi novio. Había discutido con él, por haberle pillado charlar con una chica. Él era alto, guapo, con unos preciosos ojos verdes, con un bronceado increíble y era el capitán del equipo de fútbol masculino. La chica era guapa, de ojos azules y rubios. La típica animadora, que intenta quitarte el novio y que tal vez al final lo consiga. Es normal que me haya enfadado un poco, ¿no?
Después me encontré a mi mejor amiga. Ella también es guapa, de ojos castaños, pelo marrón, largo y liso. Con pecas y una sonrisa preciosa. Viste con originalidad y me anima siempre que puede. Es la mejor amiga que alguien puede tener. Pero ese día la veía rara. Miraba con sus ojos marrones a todos lados y cuando me vío, vi su cara pálida, blanca como la nieve y con una seriedad suprema. Nunca la había visto así, ni tan rara ni tan seria. Cuando me vío, miró a otro lado. Parecía que me evitaba. Me senté a su lado y ella se apartó un poco.
-¿Qué ocurre? -pregunté- Estás... un poco rara.
Me miró a los ojos. Sus ojos estaban más oscuros de lo normal. ¿Cómo podrían haberse oscurecido tan rápido? Dudo que fuese la luz.
-Nada. No ocurre nada. -mira hacia otra parte-.
-Pues no parece que no ocurra nada.
-Pues si no parece, te vas y me dejas en paz. -dice mirando hacia su pulsera morada. Se la regalé yo por su cumpleaños. Lleva nuestras iniciales.
-Oye, tampoco tienes que ser tan borde, ¿sabes?
-Haber, si entiendes, ¡que me dejes en paz! -grita y se levanta marchándose.
Todo el mundo me mira. Estoy desconcertada. ¿Qué acaba de ocurrir?
Más tarde, al volver a casa, me encuentro con mi madre viendo la tele en el sófa. Está viendo uno de esos programas de cocina, aunque creo que no lo necesita, pues cocina muy bien. La miro y la saludo. No me dice nada. Cómo estamos hoy, dios. -pienso- hoy están todos en mi contra.
-¿Mamá? -digo.
-¿Qué quieres? -dice mirando fijamente el televisor.
-Ya he llegado.
-Ah, muy bien.
-¿Qué pasa?
-¡Nada! ¡Ahora déjame y vete a hacer tus deberes! -grita enfadada.
Ya no puedo más. Cojo las llaves de su coche y me voy por la puerta. Escucho un "¡¿A DÓNDE VAS?!" y me enfado aún más. Subo al coche y me dirijo a ese bosque, donde subo la colina y dónde me pasa lo que me está pasando en este mismo instante.
Escucho otro ruido, seguido de otro. Parecen gritos, aunque no estoy muy segura.
-Angela... -dice una voz fría.
Me estremezco. ¿Quién acaba de decir mi nombre? ¿Cómo lo sabe? ¿Dónde está?
-Ya estás preparada... -dice de nuevo la voz.
De repente, veo una luz blanca. Va creciendo y creciendo. Casi no veo nada, cuando me doy cuenta de que estoy en ella. Me estoy cayendo en alguna parte. Intento gritar, pero no me sale la voz. Caigo en la suma oscuridad y...
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